Durante la carrera, el Reino Fungi siempre fue ese lugar un poco inexplorado que nos llamaba la atención. Mientras la mayoría miraba hacia otro lado, a nosotros nos atrapó la curiosidad.
Todo arrancó casi como una excusa académica: nuestro proyecto final fue cultivar gírgolas (Pleurotus ostreatus). Pero cuando uno empieza a investigar en serio, una puerta te abre la otra. Estudiando las gírgolas nos topamos con el concepto de adaptógenos y nos dimos cuenta de que los hongos no eran solo alimento; eran una farmacia natural potentísima que no estábamos aprovechando.
Nos obsesionamos (en el buen sentido) con encontrar la mejor manera de extraer esos principios activos. No queríamos hacer algo “así nomás”, queríamos rigor científico aplicado a lo natural. Y en medio de ese proceso de armar la estructura para los cultivos, apareció Carlos.
El carpintero que estudiaba la mente
Carlos vino a darnos una mano con la madera para las gírgolas, pero resultó ser mucho más que un carpintero. Es un padre de esos que le ponen el cuerpo a todo. Labura incansablemente para que a sus hijos no les falte nada y, como si fuera poco, se puso a estudiar la carrera de psicopedagogía. ¿El motivo? Tener herramientas reales para acompañar y estimular a Belén, su hija, que tiene un retraso madurativo.
Un día, entre charla y charla de trabajo, le contamos sobre lo que estábamos investigando. Salió el tema de la Melena de León (Hericium erinaceus) y sus efectos en la neuroplasticidad y la cognición. Carlos, que vive pensando en cómo ayudar a Belén, nos escuchó con una atención distinta.
“Creer o reventar”
Carlos no se quedó con el dato. Lo consultó con los médicos de su hija y, sumado a la estimulación y los ejercicios que él ya hacía religiosamente con ella en casa, decidieron probar con el extracto.
Los resultados nos dejaron helados.
Belén tenía serias dificultades con la abstracción. Para que se den una idea, no podía realizar operaciones mentales simples; los números en el aire no existían para ella. Tampoco lograba proyectarse a futuro.
Después de un tiempo de constancia con la Melena de León, y gracias al enorme trabajo de su papá, la situación dio un giro de 180 grados. Belén empezó a sumar, restar y multiplicar por una cifra mentalmente. Hoy se anima a cuentas complejas en el pizarrón y, lo más emocionante de todo, empezó a tener deseos propios: sabe que quiere estudiar arte.
Cuando los resultados hablan solos
Carlos llevó su testimonio a la fundación donde asiste Belén. Con la autorización de los padres y el seguimiento médico correspondiente, otros chicos empezaron a incorporar el extracto.
Ahí conocimos el caso de Alan, un nene de 6 años con un retraso moderado y un CI de 36. Alan no hablaba. Estaba en su mundo. Ver su evolución fue una de esas cosas que te marcan la carrera: mejoró su atención, su concentración y empezó a conectar. Aprendió los colores, las vocales y ya dice sus primeras palabras.
Nuestro compromiso
Historias como las de Belén y Alan fueron el empujón final. Ahí entendimos que Mycotuc no podía ser solo un proyecto de cultivo; tenía que ser un puente para que esta biotecnología llegue a quienes la necesitan.
No hacemos magia, hacemos ciencia con conciencia. Y ver que eso se traduce en calidad de vida real es lo que nos motiva a seguir investigando todos los días.
